sábado, 15 de octubre de 2011

Fernando Paulsen y su derecho a la replica en Tolerancia 0, una lucha de principios.


Por Gabriel Huidobro.

José Carrasco Tapia, periodista y editor de revista Análisis, compañero y amigo de Fernando Paulsen, a medio vestir en la madrugada del 8 de Septiembre del 86 fue embestido por la CNI (Central nacional de Informaciones), el mismo día del atentado a Pinochet en manos del FPMR, fue en su departamento de calle Santa Filomena (Providencia), donde su familia lo vio partir por última vez, murió acribillado a balazos en un muro del cementerio Parque del Recuerdo.

Tuvieron que pasar 25 años para que Paulsen pudiese enfrentar a su torturador, en el capitulo de hoy en Tolerancia 0, el periodista no perdió la oportunidad de reprocharle a su viejo carcelero (Labbé) su historia, de donde viene y en que trabajaba por aquellos años donde Paulsen estuvo preso, preso político por luchar en contra de la censura que les imponía la dicta-dura como periodista editor de la revista Análisis junto a José Carrasco.

A un violento Labbé entrevistado, se le recordó su pasado como ex militar funcionario de la DINA y que hoy, así como toda esta “nueva derecha”, son quienes claman que se respete el estado de derecho, los mismos que lo violaron sistemáticamente durante 17 años en el pasado.

“Es usted una muestra viva de que el estado de derecho funciona Alcalde Labbé”, le replica Paulsen con suspicaz ironía a su viejo amigo militar, recordándole su pasado en La Dirección de Inteligencia Nacional, organismo que estaba encargado durante la dictadura chilena de reprimir y diseñar las carnicerías de quienes se oponían al régimen totalitario, Paulsen toma un respiro y continúa:“ahora seria más difícil”, no da tregua, “con la experiencia pasada, el ejercito ahora sabe a quienes encierran en Punta Peuco” refiriéndose a los mandos medios, ya que los altos mandos, los asesinos intelectuales jamás fueron encarcelados, termina diciendo: “después se hicieron ministros o alcaldes”.

EL PLAN DE LA DICTADURA PARA LA CONTINGENCIA

Antes de la muerte de José Carrasco, en marzo del 86, era Fernando Paulsen quien escribía desde los campos de concentración chilenos, las cárceles políticas de quienes no compartían los mismos gustos de la ya refinada burguesía totalitarista, “El plan de la dictadura para la contingencia” se llamaba el texto que Paulsen escribió desde aquel sitio lleno de muerte y abusos, y que publicaba José Carrasco en la otrora revista Análisis, la única forma que tenían de resistir a la muerte de Paulsen, era no enmudecer, no dejar de escribir ni publicar, firmando desde la carcel su columna política era el único testimonio de que seguía con vida. El eventual silencio de alguno, sólo significaba la muerte de quienes les daban vida a esos textos, al pasar de los meses, fue José quien enmudeció, sólo continuó Fernando.

La justicia en un país pequeño y abusado como Chile, no tarda, simplemente no llega, bien lo sabe Fernando Paulsen, pero la vida es más sabia que la muerte, al menos para esta particularidad, la oportunidad de mirar a los ojos a quien reventó tus sueños no se pierde, Fernando Paulsen luchó en la dictadura por el derecho a la libertad de expresión, por consiguiente, el derecho a la réplica, hoy obtuvo un triunfo moral, un reconocimiento a su talento y por que no decirlo, a su historia, mis más sinceras condolencias Don Fernando, esta noche es muy posible sea larga para usted y su memoria, pero sin duda, será la más digna de muchas, lo espera una larga conversación con su viejo amigo José.

Saludos Fraternos

Declaración Pública


Estimados Estudiantes:



Hoy más que nunca tengo la sensación de que hemos pasado a otra fase de las movilizaciones, todas las esperanzas que hemos sembrado en la ciudadanía y en las familias chilenas, es un capital social y político que no podemos perder de vista al momento de cerrar un ciclo para iniciar otro.

Tras los cinco meses de representar a nuestra universidad y comunidad educativa en el Confech, quisiera presentar mi renuncia a la vocería que obtuve, principalmente, gracias a la confianza de los estudiantes de las carreras de Pedagogía en Filosofía y Licenciatura en Ciencias Religiosas de la Universidad Católica del Norte, sede Coquimbo.

Agradezco de corazón a todos quienes confiaron en mi y me permitieron vivir esta maravillosa experiencia en mi formación, tanto en lo personal como en lo profesional, durante este periodo, puse todas mis energías en posicionar a la UCN como una universidad con propuesta y espíritu critico en su relación con los otros actores del mundo estudiantil.

Mención especial, hago del apoyo que logramos obtener como universidad hacia la FEMAE, en este proceso logramos construir una admirable relación entre nuestra universidad y la federación de estudiantes mapuches, sin duda, un avance.

De la misma manera, fuimos insistentes en posicionarnos como una universidad que defendía su identidad de tipo tradicional, ante la mirada de quienes privilegiaban aquellas que fueron creadas por el estado, logramos en conjunto a otros actores, posicionar nuestra demanda.

Otro gran avance, fue derrotar el excesivo centralismo del Confech, a través de los bloques zonales, lo que en su momento permitió destrabar algunas discusiones de tipo nacional.

Mi apoyo a nuestra organización estudiantil no se flagela, al contrario, se materializa en más compromiso, los instigo a debatir sobre fortalecimiento orgánico y programático en un congreso estudiantil.

Sin duda, ofrezco disculpas por los traspiés que pude haber cometido, servirán de reflexión para el futuro, los invito a compartir los logros obtenidos, pues estos son de todos nosotros.

Sigamos trabajando con la misma fuerza y convicción con que hemos actuado hasta ahora, pues hoy en nuestra universidad, no existe persona alguna que no entienda que el modelo educativo y su estructura son claves para la construcción del tipo de sociedad al que aspiramos quienes soñamos con un Chile más justo, nos seguiremos conociendo en los patios y en las aulas, debatiendo con altura de mira el tipo de universidad que todas y todos ambicionamos.

Saludos Fraternos.



Gabriel Huidobro Reyes
Centro de Estudiantes
Carreras de Pedagogía en Filosofía
Y licenciatura en Ciencias Religiosas.

lunes, 14 de junio de 2010

Los Dos Caminos

La Concertación es una necesidad política, una realidad, una formula que permite gobernar, su continuidad táctica es de vital importancia, pero el eje conductor esta vez y en consecuencia al debilitamiento del centro político chileno demostrado en la derrota de Frei, indica que debe ser el Partido Socialista quien lidere esta nueva etapa de centro, centro izquierda e izquierda.

El interés por ganar estas elecciones internas, implica poder principalmente influir en el punto de partida de todo este proceso, es necesario y presupone un grado de obviedad, que el partido socialista proyecte una visión de la sociedad que interpreta y de su propia realidad corporal. Muchos se le han adelantado por estos días, precisamente por que esos muchos no necesitan hoy recomponerse por su corta data de vida partidaria y el nulo daño que les genera el nuevo escenario político.

El más peligroso de estos fenómenos para el PS es el denominado partido progresista, que no es una idea tan nueva como pretenden masificar algunos y que podría hacernos bastante daño electoral sino tomamos medidas. El nuevo progresismo, no es más que la misma posición política ecléctica que jugó el PPD en el rearme de los partidos en plena década del noventa, no es más que un refunde de viejas estrategias post guerra fría, un relave de políticos e ideólogos de segunda generación marxista, los denominados renovados, muy cercanos al lagismo.

Es en el ejercicio del poder, donde nace una nueva contradicción dialéctica, es el nacimiento de un nuevo, pero viejo dilema partidario que no hemos sido capaces de enfrentar, la relación intrínseca del poder en el gobierno con el deber ser partidario, discusión que han dejado suspendida por parecer un problema in-solucionable y que finalmente viene a darle cuerpo a nuestra discusión eleccionaria actual.

Mucho comparto con aquella compañera, que siendo parte del ex gobierno y que perteneciendo a un bloque interno oficialista dijo: “Tuvimos el gobierno, pero no tuvimos el poder”, y no tuvimos el poder por que no hicimos esas transformaciones que deben hacer los socialistas, precisamente por esta contradicción de rol en la cual estuvimos inmiscuidos y que no supimos resolver, pero que hoy debe servir a nuestras generaciones para enmendar posiciones futuras. Es cierto que gobernamos con la Democracia Cristiana y que debemos ser, como en toda sociedad, respetuosos de nuestros acuerdos, pero vamos de lo general a lo particular, también es cierto que nuestros acuerdos no pueden ser superiores a nuestra moral, sino entonces, esto quiere decir, que no tenemos una moral determinada, y me refiero por cierto, a nuestra moral revolucionaria que es simplemente el reflejo de nuestra identidad ideológica y partidaria, el deber ser de un socialista, que no son dos conceptos por si solos, que se escriben y se pronuncian distinto, pero que a la hora de transformarlo en acto, debe ser uno, del modo contrario, se nos presenta una difícil ecuación entre el interés colectivo (bien común) y el interés político (de algunos), como lo ejemplificó hoy día el discurso de Sebastián Piñera, con el cual obviamente no estoy de acuerdo, pero no deja de ser interesante reflexionar como lo expone, denominando el proyecto de educación que deroga la LOCE, propuesto por nuestro gobierno en la administración de Bachelet, como “el acuerdo de todos los sectores políticos”, pero que a la hora de abordarlo desde nuestra propia lógica materialista, es absolutamente insuficiente, sin embargo, no bastando con aquello y a mi parecer lo que es peor, no siendo representativo en ninguna medida del interés publico ni del sector que dice representar, que es obviamente el de la educación pública, finalmente como dice José Saramago, “los Estados hoy limitan su acción o su función a la de simples guardianes de las reglas del juego capitalista”.

Por esto, las elecciones hoy presentan dos caminos o alternativas de la nueva construcción partidaria y de la historia del socialismo en Chile a futuro, el primero, por darle un simple orden, el ya conocido por todos, la opción que representa continuismo del oficialismo en la dirección de Melo y de su política excesivamente reduccionista, de lotes, a menudo autoritaria y plutócrata, liderada hoy por el ex líder de la revolución pingüina, Cesar Valenzuela y que principalmente apela a la falacia de la “responsabilidad política”, responsabilidad que según dicen ellos, “sólo la han asumido ellos estos años, mientras todos los demás se dedicaban a criticar y poner obstáculos a la administración concertacionista”, con el ya acostumbrado predominio de la razón por delante, donde cualquier criterio distinto a este, es simplemente absurdo.

La otra alternativa, representada por la joven egresada de derecho de la U. de Chile y actualmente Vicepresidenta de la Mujer del PS, Mariana Arellano, que plantea la unidad transversal de todos los sectores internos de la JS para el re orden político, institucional y administrativo, pero que a su vez, reinstala la posibilidad de un debate ideológico actual y permanente, que nos faculte para volver a ser luchadores sociales y educadores populares, donde podamos como decía Gramsci: “construir el bloque hegemónico del poder, que contrastará con la hegemonía cultural de la clase dominante”, es decir, un poder civico, incrustado en el sentir colectivo, que nos permita hacer los cambios que otros olvidaron y que hoy creen innecesarios.

finalmente, estará en manos de los militantes de la JS, que tipo de estructura construirán.

martes, 4 de mayo de 2010

PROHIBIDO GRITAR



El otro día mientras tomaba café con una amiga, ella me comentaba la necesidad de crear espacios para gritar, me dijo:

¿Te has dado cuenta de que no existen lugares para gritar?, ayer iba llegando a mi trabajo y necesitaba gritar, así que en el estacionamiento del mall, antes de entrar a la clínica, estaba sola y lo hice, grite, grite fuerte y seguí caminando, a esa hora de la mañana pasan pocas personas por ahí, así que pase piola y seguí a mi pega…

La verdad es que no me pareció importante en ese momento su comentario, pero unos minutos después cuando me dirigía a mi cátedra de DDHH, le di una vuelta y en clases y después de clases, me hacia sentido que no existiesen esos lugares tan necesarios para los individuos cuando entran en crisis o que quieren simplemente revelarse de algo. Fue tan revelador para mí esta necesidad, que recordé de inmediato una discusión que tuve hace un par de días donde sin reparar en daños insulte a un parcito de sujetos clasistas. Después de haberme cuestionado si había actuado bien o simplemente había sido un absurdo caer en ese tipo de juego, me di cuenta de la necesidad que tenía yo de gritar, es decir, de manifestar lo que pensaba de algunas cosas y por que no decirlo, de algunas personas también, en definitiva, de consignarnos a nosotros mismos el derecho de fastidio, de aburrimiento, un legitimo derecho que a veces no es bien mirado por la decorosa sociedad.

A propósito, siempre soñé con llegar a la universidad y lo complejo que debía ser discutir las universalidades de ideas que habían construido el camino del hombre en el mundo, sus ideologías o fundamentos filosóficos, pero al llegar a ella, comprendí mejor porque había sido derrotada la sociedad del pensamiento y había avanzado implacablemente la sociedad del consumo, como nos había dominando el sentido de serie de Warhol por sobre el ideológico de la bauhaus, como nos habían instruidos como simples consumidores y no como complejos ciudadanos, en definitiva comprendí, como se habían instalado en el mercado de la educación mundial los conceptos de dominación de la guerra fría, más bien conceptos, dogmas fundamentales del mundo contemporáneo y de la economía libre que proponen a un hombre más automatizado, dominado y vulnerado intelectualmente, que libre pensador y critico. Después de la década de los noventa por decisión de no sé quien (o más bien si lo sé), se estableció el criterio (dogma) de que ya no era el momento de las ideas transformadoras y creadoras de otros mundos, esas ideas se convirtieron en simples anhelos inalcanzables para hombres soñadores, poco prácticos, parece divertido y cruel mirar como no se debate en las universidades sobre que sociedad queremos construir, o en términos más teóricos, debatir sobre la economía de libre mercado y de ahí todas sus consecuencias de pobreza y desigualdad globalizada que producen en el mundo, entonces como no gritarles a esos profesores del mercado, que no todos estudian para ser ricos, autómatas e individualistas, sino que algunos también lo hacen para resolver otros sistemas alternativos al actual, que darían respuesta a la necesidad de millones y millones de personas que buscan sistemas más representativos de su propia realidad, sistemas que por ejemplo no marginaran a millones de jóvenes de ser parte de la sociedad de libres pensadores.

Y así fueron esas universidades del neomodernismo que se alejaron del mundo de las ideas y de la investigación de las mismas. En esas universidades donde no se practica la universalidad, sino más bien se pone en práctica el autoritarismo del profesor, su poder evangelizador, sólo se hace una lectura del mundo para el que trabajan y para el cual preparan al pupilo, en estas universidades se exhibe la historia de la izquierda como un estereotipo de derrota indiscutible, incomprensible, utópico, impráctico y a menudo burlesco, entonces ¿en qué podemos creer nosotros que no creemos en aquello? , y, ¿en qué debemos creer si nadie cree en lo nuestro y los nuestros tampoco creen?, y si las universidades son formadoras y creadoras de pensamiento, y los trabajadores, sus hijos y sus nietos no tienen acceso a esas universidades, ¿Quienes formarán y crearán otros pensadores?. Me refiero a los trabajadores de verdad.

Es por eso, que no paso por mi vida inadvertida la necesidad de gritar, esa inquietud de un amigo, esa exclamación la hago cada vez más mía, ¡gritar fuerte lo que no me gusta, que no estoy de acuerdo, que este sistema da asco, que es excluyente, clasista, cruel!… gritar… sólo eso, gritar, el derecho de gritar y manifestarse, que no se consagra en ninguna parte de nuestras vidas y que sólo le importa a un par de locos en un café.

lunes, 26 de abril de 2010

Este mundo de la injusticia globalizada.



Aunque debo reconocer que este blog es mi alter ego y que lo escribo sólo para quien lo vea de forma casual, este discurso escrito abajo, que no conocia hasta hace unos días, concentra mi visión sobre el mundo y mi opinión sobre la política, un mundo que me cuesta mucho entender y que muchas veces prefiero soñar, soy un joven no tan joven, un soñador práctico, un socialista utúpico derrotado, un ciudadano disconforme, un antisistémico sistémico, una persona que sufre, que rie, que llora, que se apasiona y muy ansioso aveces,muy imprudente consigo mismo, como diria Manuel Garcia: un poco hablador pero simpático.

Discurso de José Saramago, Premio Nóbel de Literatura, pronunciado en la clausura del 2do Foro Social Mundial. Porto Alegre, Febrero 2002.

Comenzaré por contar en brevísimas palabras un hecho notable de la vida rural ocurrido en una aldea de los alrededores de Florencia hace más de cuatrocientos años. Me permito solicitar toda su atención para este importante acontecimiento histórico porque, al contrario de lo habitual, la moraleja que se puede extraer del episodio no tendrá que esperar al final del relato; no tardará nada en saltar a la vista.
Estaban los habitantes en sus casas o trabajando los cultivos, entregado cada uno a sus quehaceres y cuidados, cuando de súbito se oyó sonar la campana de la iglesia. En aquellos píos tiempos (hablamos de algo sucedido en el siglo XVI), las campanas tocaban varias veces a lo largo del día, y por ese lado no debería haber motivo de extrañeza, pero aquella campana tocaba melancólicamente a muerto, y eso sí era sorprendente, puesto que no constaba que alguien de la aldea se encontrase a punto de fenecer. Salieron por lo tanto las mujeres a la calle, se juntaron los niños, dejaron los hombres sus trabajos y menesteres, y en poco tiempo estaban todos congregados en el atrio de la iglesia, a la espera de que les dijesen por quién deberían llorar. La campana siguió sonando unos minutos más, y finalmente calló. Instantes después se abría la puerta y un campesino aparecía en el umbral. Pero, no siendo éste el hombre encargado de tocar habitualmente la campana, se comprende que los vecinos le preguntasen dónde se encontraba el campanero y quién era el muerto. 'El campanero no está aquí, soy yo quien ha hecho sonar la campana', fue la respuesta del campesino. 'Pero, entonces, ¿no ha muerto nadie?', replicaron los vecinos, y el campesino respondió: 'Nadie que tuviese nombre y figura de persona; he tocado a muerto por la Justicia, porque la Justicia está muerta'.
¿Qué había sucedido? Sucedió que el rico señor del lugar (algún conde o marqués sin escrúpulos) andaba desde hacía tiempo cambiando de sitio los mojones de las lindes de sus tierras, metiéndolos en la pequeña parcela del campesino, que con cada avance se reducía más. El perjudicado empezó por protestar y reclamar, después imploró compasión, y finalmente resolvió quejarse a las autoridades y acogerse a la protección de la justicia. Todo sin resultado; la expoliación continuó. Entonces, desesperado, decidió anunciar urbi et orbi (una aldea tiene el tamaño exacto del mundo para quien siempre ha vivido en ella) la muerte de la Justicia. Tal vez pensase que su gesto de exaltada indignación lograría conmover y hacer sonar todas las campanas del universo, sin diferencia de razas, credos y costumbres, que todas ellas, sin excepción, lo acompañarían en el toque a difuntos por la muerte de la Justicia, y no callarían hasta que fuese resucitada. Un clamor tal que volara de casa en casa, de ciudad en ciudad, saltando por encima de las fronteras, lanzando puentes sonoros sobre ríos y mares, por fuerza tendría que despertar al mundo adormecido... No sé lo que sucedió después, no sé si el brazo popular acudió a ayudar al campesino a volver a poner los lindes en su sitio, o si los vecinos, una vez declarada difunta la Justicia, volvieron resignados, cabizbajos y con el alma rendida, a la triste vida de todos los días. Es bien cierto que la Historia nunca nos lo cuenta todo...
Supongo que ésta ha sido la única vez, en cualquier parte del mundo, en que una campana, una inerte campana de bronce, después de tanto tocar por la muerte de seres humanos, lloró la muerte de la Justicia. Nunca más ha vuelto a oírse aquel fúnebre sonido de la aldea de Florencia, mas la Justicia siguió y sigue muriendo todos los días. Ahora mismo, en este instante en que les hablo, lejos o aquí al lado, a la puerta de nuestra casa, alguien la está matando. Cada vez que muere, es como si al final nunca hubiese existido para aquellos que habían confiado en ella, para aquellos que esperaban de ella lo que todos tenemos derecho a esperar de la Justicia: justicia, simplemente justicia. No la que se envuelve en túnicas de teatro y nos confunde con flores de vana retórica judicial, no la que permitió que le vendasen los ojos y maleasen las pesas de la balanza, no la de la espada que siempre corta más hacia un lado que hacia otro, sino una justicia pedestre, una justicia compañera cotidiana de los hombres, una justicia para la cual lo justo sería el sinónimo más exacto y riguroso de lo ético, una justicia que llegase a ser tan indispensable para la felicidad del espíritu como indispensable para la vida es el alimento del cuerpo. Una justicia ejercida por los tribunales, sin duda, siempre que a ellos los determinase la ley, mas también, y sobre todo, una justicia que fuese emanación espontánea de la propia sociedad en acción, una justicia en la que se manifestase, como ineludible imperativo moral, el respeto por el derecho a ser que asiste a cada ser humano.
Pero las campanas, felizmente, no doblaban sólo para llorar a los que morían. Doblaban también para señalar las horas del día y de la noche, para llamar a la fiesta o a la devoción a los creyentes, y hubo un tiempo, en este caso no tan distante, en el que su toque a rebato era el que convocaba al pueblo para acudir a las catástrofes, a las inundaciones y a los incendios, a los desastres, a cualquier peligro que amenazase a la comunidad. Hoy, el papel social de las campanas se ve limitado al cumplimiento de las obligaciones rituales y el gesto iluminado del campesino de Florencia se vería como la obra desatinada de un loco o, peor aún, como simple caso policial. Otras y distintas son las campanas que hoy defienden y afirman, por fin, la posibilidad de implantar en el mundo aquella justicia compañera de los hombres, aquella justicia que es condición para la felicidad del espíritu y hasta, por sorprendente que pueda parecernos, condición para el propio alimento del cuerpo. Si hubiese esa justicia, ni un solo ser humano más moriría de hambre o de tantas dolencias incurables para unos y no para otros. Si hubiese esa justicia, la existencia no sería, para más de la mitad de la humanidad, la condenación terrible que objetivamente ha sido. Esas campanas nuevas cuya voz se extiende, cada vez más fuerte, por todo el mundo, son los múltiples movimientos de resistencia y acción social que pugnan por el establecimiento de una nueva justicia distributiva y conmutativa que todos los seres humanos puedan llegar a reconocer como intrínsecamente suya; una justicia protegida por la libertad y el derecho, no por ninguna de sus negaciones. He dicho que para esa justicia disponemos ya de un código de aplicación práctica al alcance de cualquier comprensión, y que ese código se encuentra consignado desde hace cincuenta años en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, aquellos treinta derechos básicos y esenciales de los que hoy sólo se habla vagamente, cuando no se silencian sistemáticamente, más desprestigiados y mancillados hoy en día de lo que estuvieran, hace cuatrocientos años, la propiedad y la libertad del campesino de Florencia. Y también he dicho que la Declaración Universal de los Derechos Humanos, tal y como está redactada, y sin necesidad de alterar siquiera una coma, podría sustituir con creces, en lo que respecta a la rectitud de principios y a la claridad de objetivos, a los programas de todos los partidos políticos del mundo, expresamente a los de la denominada izquierda, anquilosados en fórmulas caducas, ajenos o impotentes para plantar cara a la brutal realidad del mundo actual, que cierran los ojos a las ya evidentes y temibles amenazas que el futuro prepara contra aquella dignidad racional y sensible que imaginábamos que era la aspiración suprema de los seres humanos. Añadiré que las mismas razones que me llevan a referirme en estos términos a los partidos políticos en general, las aplico igualmente a los sindicatos locales y, en consecuencia, al movimiento sindical internacional en su conjunto. De un modo consciente o inconsciente, el dócil y burocratizado sindicalismo que hoy nos queda es, en gran parte, responsable del adormecimiento social resultante del proceso de globalización económica en marcha. No me alegra decirlo, mas no podría callarlo. Y, también, si me autorizan a añadir algo de mi cosecha particular a las fábulas de La Fontaine, diré entonces que, si no intervenimos a tiempo -es decir, ya- el ratón de los derechos humanos acabará por ser devorado implacablemente por el gato de la globalización económica.
¿Y la democracia, ese milenario invento de unos atenienses ingenuos para quienes significaba, en las circunstancias sociales y políticas concretas del momento, y según la expresión consagrada, un Gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo? Oigo muchas veces razonar a personas sinceras, y de buena fe comprobada, y a otras que tienen interés por simular esa apariencia de bondad, que, a pesar de ser una evidencia irrefutable la situación de catástrofe en que se encuentra la mayor parte del planeta, será precisamente en el marco de un sistema democrático general como más probabilidades tendremos de llegar a la consecución plena o al menos satisfactoria de los derechos humanos. Nada más cierto, con la condición de que el sistema de gobierno y de gestión de la sociedad al que actualmente llamamos democracia fuese efectivamente democrático. Y no lo es. Es verdad que podemos votar, es verdad que podemos, por delegación de la partícula de soberanía que se nos reconoce como ciudadanos con voto y normalmente a través de un partido, escoger nuestros representantes en el Parlamento; es cierto, en fin, que de la relevancia numérica de tales representaciones y de las combinaciones políticas que la necesidad de una mayoría impone, siempre resultará un Gobierno.
Todo esto es cierto, pero es igualmente cierto que la posibilidad de acción democrática comienza y acaba ahí. El elector podrá quitar del poder a un Gobierno que no le agrade y poner otro en su lugar, pero su voto no ha tenido, no tiene y nunca tendrá un efecto visible sobre la única fuerza real que gobierna el mundo, y por lo tanto su país y su persona: me refiero, obviamente, al poder económico, en particular a la parte del mismo, siempre en aumento, regida por las empresas multinacionales de acuerdo con estrategias de dominio que nada tienen que ver con aquel bien común al que, por definición, aspira la democracia. Todos sabemos que así y todo, por una especie de automatismo verbal y mental que no nos deja ver la cruda desnudez de los hechos, seguimos hablando de la democracia como si se tratase de algo vivo y actuante, cuando de ella nos queda poco más que un conjunto de formas ritualizadas, los inocuos pasos y los gestos de una especie de misa laica. Y no nos percatamos, como si para eso no bastase con tener ojos, de que nuestros Gobiernos, esos que para bien o para mal elegimos y de los que somos, por lo tanto, los primeros responsables, se van convirtiendo cada vez más en meros comisarios políticos del poder económico, con la misión objetiva de producir las leyes que convengan a ese poder, para después, envueltas en los dulces de la pertinente publicidad oficial y particular, introducirlas en el mercado social sin suscitar demasiadas protestas, salvo las de ciertas conocidas minorías eternamente descontentas...
¿Qué hacer? De la literatura a la ecología, de la guerra de las galaxias al efecto invernadero, del tratamiento de los residuos a las congestiones de tráfico, todo se discute en este mundo nuestro. Pero el sistema democrático, como si de un dato definitivamente adquirido se tratase, intocable por naturaleza hasta la consumación de los siglos, ése no se discute. Mas si no estoy equivocado, si no soy incapaz de sumar dos y dos, entonces, entre tantas otras discusiones necesarias o indispensables, urge, antes de que se nos haga demasiado tarde, promover un debate mundial sobre la democracia y las causas de su decadencia, sobre la intervención de los ciudadanos en la vida política y social, sobre las relaciones entre los Estados y el poder económico y financiero mundial, sobre aquello que afirma y aquello que niega la democracia, sobre el derecho a la felicidad y a una existencia digna, sobre las miserias y esperanzas de la humanidad o, hablando con menos retórica, de los simples seres humanos que la componen, uno a uno y todos juntos. No hay peor engaño que el de quien se engaña a sí mismo. Y así estamos viviendo.
No tengo más que decir. O sí, apenas una palabra para pedir un instante de silencio. El campesino de Florencia acaba de subir una vez más a la torre de la iglesia, la campana va a sonar. Oigámosla, por favor.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Imagine, volviendo a las utopias.




Imagina que no hay ningun paraiso
Es facil, si lo intentas
Ningun infierno por debajo nuestro
Encima nuestro, solo el cielo,
Imagina toda la gente,
viviendo el momento presente.

Imagina que no hay paises
no es dificil, hazlo.
Nadie para matar, ni por quien morir,
ni siquiera religion.
Imagina toda la gente
viviendo su vida en paz.

Tu puedes decir que soy un soñador
pero no soy el unico.
Espero que un dia te unas a
nosotros y el mundo sera
uno solo.

Imagina que no hay propiedad
me pregunto si lo consigues,
ninguna necesidad de
ganancia o lucro;
una hermandad de hombres.
Imagina toda la gente
compartiendo el mundo entero.